Una vida sin apegos

abril 24, 2017 |

Por Roberto Mejía, O.Carm.
No cabe duda que la experiencia del noviciado es una gran oportunidad para crecer en conocimiento de Dios, la vida religiosa y personal. Por lo que últimamente he estado reflexionando a cerca de los votos que profesamos todos los religiosos ya que en un par de meses por la gracia de Dios estaré profesando públicamente obediencia, pobreza y castidad enfrente de mis hermanos de comunidad y ante Dios.

Esta nueva etapa de mi vida que estoy a punto de comenzar me ha llevó a preguntarme ¿qué significan para mí estos consejos evangélicos? ¿Qué sentido dan a mi vida? ¿Vale la pena vivir así? Los tres votos son el antídoto ante una realidad muy humana a la que llamamos “apego”; apego a personas o relaciones, apegos a cosas materiales o virtuales, apego a lugares y actividades. Cada uno de los votos me significa una invitación a tener un corazón que se ensanche cada vez más y más sin que no se exclusive de algo o alguien.
La obediencia evita que mi corazón se quede estático en un solo lugar, la pobreza libera al corazón de que crear la ilusión de que lo material es sinónimo de felicidad, y por último la castidad capacita al corazón para amar sin prejuicios a cada hijo e hija de Dios. Esta experiencia de los votos es la misma del hombre que pone la mano en el arado y no mira hacia atrás (Lc 9, 62), o el hombre con “un corazón puro” según nuestra regla (Regla de Vida Carmelita, 2). Es el sentido de vivirse sin apegos, es el sentido a vivir en libertad; libres para ir a donde Dios me mande e ir a donde el que no tiene voz me necesite, libre para vivir simple y coherente con lo que soy, y libre para amar sin condición.
Aunque en unos meses estaré haciendo mi profesión simple, no significa que no he estado viviendo así. Al contrario en estos tres años que llevo en la Orden me he dado cuenta que he estado creciendo en esta vida sin apegos. Uno no llega a una comunidad siendo totalmente obediente, pobre y casto sino que he comprendido que es un proceso que toma tiempo, es más creo que lleva toda una vida vivir así. Así que no me queda más que ponerme en las manos de nuestro Buen Dios y decirle: “Mi corazón está listo Señor, mi corazón está listo”.

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