Peregrinación Espiritual

agosto 9, 2013 |

JMJ-7El Carmelo en la JMJ
Por Luis Jesús Paz Acosta

Acompañado de cientos de miles de personas de distintas razas, naciones, lenguas y de una lluvia de gracia iba caminando desde Botafogo hasta la playa de Copacabana, o sea, cerca de 4 kilómetros. Mientras caminaba por las calles repletas de católicos de todo el mundo, de banderas ondeantes y cantos de alabanza pude observar algunos banners en las orillas de la calle con títulos como: música, cultura, amor, juventud, encuentro, Dios; los cuales estaban escritos en varias lenguas y eran el preámbulo para atravesar dos túneles. En los túneles la emoción se expandía y los cantos, gritos y alabanzas se incrementaban a decibeles que henchían el corazón y erizaban la piel. Después de los túneles y un poco más de recorrido la travesía terminaba, no así el ánimo de los peregrinos el cual se acrecentaba al observar la multitud expectante por el inicio de los eventos.

Lo descrito anteriormente es parte de la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud llevada a cabo en Río de Janeiro hace dos semanas. Tal experiencia, que muchas veces es inefable, indescriptible, maravillosa, ha configurado la vida de muchas personas. Describo a continuación mi vivencia con tres palabras que a mi parecer son transversales.

Gracia: Fue ante todo una experiencia de la inmensa gracia de Dios para con nosotros sus hijos. En la semana misionera la acogida de los fieles brasileños fue una experiencia de gracia pura. Las personas abrieron sus casas y corazones a personas de otras culturas y lenguas. No hubo costo, todo fue gratis. Nos llevaron al santuario de Aparecida, nos dieron las mejores comidas y atención. A su vez el mensaje sencillo y profundo del Papa Francisco fue motivador. Por otra parte la reunión de la Jornada Carmelita (paralela a la JMJ), fue encantadora sobre todo por el compartir de nuestro Prior General Fernando Millán. En todo eso, no hubo méritos previos, sino solo gracia plena.

Unidad: Estando con cientos de miles de personas había la certeza de pertenecer a algo mayor que nosotros mismos, la Iglesia Universal; la cual no es la suma deslumbrante de individuos sin identidad, sino la unidad en la fe de personas tan distintas. El modelo es la Santísima Trinidad, pues el proyecto de Dios es que seamos uno, como las tres personas son uno. Somos unidad no importando las diferencias, ya que entre más diferencia más unidad y, entre más unidad, observamos nuestras peculiaridades sin perder la comunión.

Reciprocidad: Al caer en la cuenta de las gracias recibidas, la actitud que se despierta es la de retornar lo que nos ha sido dado. En la jornada había gestos de amor entre personas que no se conocían pero compartían el tesoro de la fe: se besaban banderas, se fundían en abrazos, se compartían historias y se ayudaban mutuamente cuando había alguna dificultad. No obstante, la convicción se encuentra en la capacidad de llevar esa experiencia de regreso a nuestros países, parroquias, comunidades y luchar para que el Reino se visibilice en nuestras realidades.

Al vivir auténticamente la experiencia de la JMJ en Brasil definitivamente es imposible seguir siendo la misma persona.

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