Viernes Santo

abril 19, 2019 |

Gospel
Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con
sus discípulos.  Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. 

Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?”  Contestaron: “A Jesús el Nazareno.” Jesús dijo: “Yo soy.” Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. Cuando Jesús les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron al suelo.  Les preguntó de nuevo: “¿A quién buscan?” Dijeron: “A Jesús el Nazareno.” Jesús les respondió: “Ya les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan.”  Así se cumplía lo que Jesús había dicho: “No he perdido a ninguno de los que tú me diste.” 

Simón Pedro tenía una espada, la sacó e hirió a Malco, siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha.  Jesús dijo a Pedro: “Co loca la espada en su lugar. ¿Acaso no voy a beber la copa que el Padre me ha dado?”

Entonces los soldados, con el comandante y los guardias de los judíos, prendieron a Jesús, lo ataron  y lo llevaron primero a casa de Anás. Este Anás era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año.  Caifás era el que había dicho a los judíos: “Es mejor que muera un solo hombre por el pueblo.” Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús.

Como este otro discípulo era conocido del sumo sacerdote, pudo entrar con Jesús en el patio de la casa del sumo sacerdote,  mientras que Pedro se quedó fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, y habló con la portera, que dejó entrar a Pedro.  La muchacha que hacía de portera dijo a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre.” Pedro le respondió: “No lo soy”. Los sirvientes y los guardias tenían unas brasas encendidas y se calentaban, pues hacía frío. También Pedro estaba con ellos y se calentaba. 

El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su enseñanza. Jesús le contestó:  ”Yo he hablado abiertamente al mundo. He enseñado constantemente en los lugares donde los judíos se reúnen, tanto en las sinagogas como en el Templo, y no he enseñado nada en secreto.  ¿Por qué me preguntas a mí? Interroga a los que escucharon lo que he dicho.” Al oír esto, uno de los guardias que estaba allí le dio a Jesús una bofetada en la cara, diciendo: “¿Así contestas al sumo sacerdote?”  Jesús le dijo: “Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?” Al fin, Anás lo envió atado al sumo sacerdote Caifás. 

Simón Pedro estaba calentándose al fuego en el patio, y le dijeron: “Seguramente tú también eres uno de sus discípulos.” El lo negó diciendo: “No lo soy.”  Entonces uno de los servidores del sumo sacerdote, pariente del hombre al que Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿No te vi yo con él en el huerto?”  De nuevo Pedro lo negó y al instante cantó un gallo. 

Llevaron a Jesús de la casa de Caifás al tribunal del gobernador romano. Los judíos no entraron para no quedar impuros, pues ése era un lugar pagano, y querían participar en la comida de la Pascua.  Entonces Pilato salió fuera, don de estaban ellos, y les dijo: “¿De qué acusan a este hombre?” Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no lo habríamos traído ante ti.”  Pilato les dijo: “Tómenlo y júzguenlo según su ley.” Los judíos contestaron: “Nosotros no tenemos la facultad para aplicar la pena de muerte.” Con esto se iba a cumplir la palabra de Jesús dando a entender qué tipo de muerte iba a sufrir. 

Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”  Jesús le contestó: “¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?”  Pilato respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” 

Jesús contestó: “Mi realeza no procede de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá.” 

Pilato le preguntó: “Entonces, ¿tú eres rey?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz.”  Pilato dijo: “¿Y qué es la verdad?” 

Dicho esto, salió de nuevo donde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro ningún motivo para condenar a este hombre.  Pero aquí es costumbre que en la Pascua yo les devuelva a un prisionero. ¿Quieren ustedes que ponga en libertad al Rey de los Judíos?”  Ellos empezaron a gritar: “¡A ése no! Suelta a Barrabás.” Barrabás era un bandido.

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado.  Los soldados hicieron una corona con espinas y se la pusieron en la cabeza, le echaron sobre los hombros una capa de color rojo púrpura  y, acercándose a él, le decían: “¡Viva el rey de los judíos!” Y le golpeaban en la cara.  Pilato volvió a salir y les dijo: “Miren, se lo traigo de nuevo fuera; sepan que no encuentro ningún delito en él.”  Entonces salió Jesús fuera llevando la corona de espinos y el manto rojo. Pilato les dijo: “Aquí está el hombre.” 

Al verlo, los jefes de los sacerdotes y los guardias del Templo comenzaron a gritar: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Pilato contestó: “Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, pues yo no encuentro motivo para condenarlo.”  Los judíos contestaron: “Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir, pues se ha proclamado Hijo de Dios.” Cuando Pilato escuchó esto, tuvo más miedo.  Volvió a entrar en el palacio y preguntó a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le contestó palabra.

Entonces Pilato le dijo: “¿No me quieres hablar a mí? ¿No sabes que tengo poder tanto para dejarte libre como para crucificarte?” Jesús respondió: “No tendrías ningún poder sobre mí si no lo hubieras recibido de lo alto. Por esta razón, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado que tú.” Pilato todavía buscaba la manera de dejarlo en libertad. Pero los judíos gritaban: “Si lo dejas en libertad, no eres amigo del César: el que se proclama rey se rebela contra el César.” 

Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús al lugar llamado el Enlosado, en hebreo Gábbata, y lo hizo sentar en la sede del tribunal. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: “Aquí tienen a su rey.”  Ellos gritaron: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!” Pilato replicó: “¿He de crucificar a su Rey?” Los jefes de los sacerdotes contestaron: “No tenemos más rey que el César.”  Entonces Pilato les entregó a Jesús para que lo crucificaran. 

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lu gar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota.  Allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo sobre la cruz. Estaba escrito: ”Jesús el Nazareno, Rey de los judíos.”  Muchos judíos leyeron este letrero, pues el lugar donde Jesús fue crucificado estaba muy cerca de la ciudad. Además estaba escrito en hebreo, latín y griego.  Los jefes de los sacerdotes dijeron a Pilato: “No escribas: “Rey de los Judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”.”  Pilato contestó: “Lo que he escrito, escrito está.” 

Después de clavar a Jesús en la cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron:  ”No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca.” Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica. Esto es lo que hicieron los soldados. 

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.  Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.”  Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: ”Tengo sed”, y con esto también se cumplió la Escritura.  Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios.  Jesús probó el vino y dijo: “Todo está cumplido.” Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu. 

Aquí se arrodillan y se detienen brevemente.

Como era el día de la Preparación de la Pascua, los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz durante el sábado, pues aquel sábado era un día muy solemne. Pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas a los crucificados y retiraran los cuerpos. 

Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas de los dos que habían sido crucificados con Jesús.  Pero al llegar a Jesús vieron que ya estaba muerto, y no le quebraron las piernas,  sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio. Su testimonio es verdadero, y Aquél sabe que dice la verdad. Y da este testimonio para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ni un solo hueso.  Y en otro texto dice: Contemplarán al que traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea se presentó a Pilato. Era discípulo de Jesús, pero no lo decía por miedo a los judíos. Pidió a Pilato la autorización para retirar el cuerpo de Jesús, y Pilato se la concedió. Fue y retiró el cuerpo. También fue Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús, llevando unas cien libras de mirra perfumada y áloe.  Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según la costumbre de enterrar de los judíos. En el lugar donde había sido crucificado Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo donde todavía no había sido enterrado nadie. Como el sepulcro estaba muy cerca y debían respetar el Día de la Preparación de los judíos, enterraron allí a Jesús.
Juan 18, 1-40 & 19, 1-42

San Juan de la Cruz
Vimos este texto el lunes de la Tercera Semana de Cuaresma. Esta vez se presenta a la luz de la crucifixión real de Jesús.

“Y porque he dicho que Cristo es el camino, y que este camino es morir a nuestra naturaleza en sensitivo y espiritual, quiero dar a entender cómo sea esto a ejemplo de Cristo, porque él es nuestro ejemplo y luz.

“Cuanto a lo primero, cierto está que el murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte; porque, como el dijo (Mt. 8, 20), en la vida no tuvo dónde reclinar su cabeza, y en la muerte lo tuvo menos.

“Cuanto a lo segundo, cierto está que al punto de la muerte quedó tambien aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad, según la parte inferior; por lo cual fue necesitado a clamar diciendo: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por que me has desamparado? (Mt. 27, 46). Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así, en el hizo la mayor obra que en (toda) su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al genero humano por gracia con Dios. Y esto fue, como digo, al tiempo y punto que este Señor estuvo mas aniquilado en todo, conviene a saber: acerca de la reputación de los hombres, porque, como lo veían morir, antes hacían burla de el que le estimaban en algo; y acerca de la naturaleza, pues en ella se aniquilaba muriendo; y acerca del amparo y consuelo espiritual del Padre, pues en aquel tiempo le desamparó porque puramente pagase la deuda y uniese al hombre con Dios, quedando así aniquilado y resuelto así como en nada. De dónde David (Sal. 72, 22) dice de el: Ad nihilum redactus sum, et nescivi. Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios, según estas dos partes, sensitiva y espiritual, tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace. Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar. No consiste, pues, en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior.” (A 2.7.9–11).

Reflexión
Cuando Jesús murió en la cruz, su noche oscura llegó a su fin. Es difícil decir cuándo comenzó su noche oscura. Ciertamente, fue evidente en el Jardín de Getsemaní. Luego, también, estaba su traición de Judas; pero incluso antes de eso, Jesús fue perseguido por los suyos después de que sanó al hombre que no pudo llegar a la piscina porque otros se pusieron frente a él (Jn 5: 1–16), como vimos el martes de la Cuarta Semana de Cuaresma. Cada vez que comenzaba esta noche oscura para Jesús, lo afectaba en su centro más íntimo. Cuando esto nos sucede, sentimos que la muerte sería un alivio del tormento constante, un tormento que no puede ser razonado ni rechazado por un querido amigo o consejero. Esto fue algo como lo que Jesús sufrió en su noche oscura.

Desde un punto de vista empírico, el sufrimiento y la muerte de Jesús no eran diferentes del sufrimiento y la muerte de cualquier otra persona. Su muerte puede haber sido provocada por él, la multitud, o simplemente un error. En cualquier caso, era solo el sufrimiento y la muerte de otro ser humano.

Desde el punto de vista de la fe, el sufrimiento y la muerte de Jesús es el cumplimiento de las Escrituras, del plan de Dios para su Hijo y la raza humana. Para Juan, la muerte de Jesús no fue una simple muerte de un hombre, sino un triunfo del Hijo de Dios planeado por Dios. Para Juan de la Cruz, la muerte de Jesús logró la reconciliación entre Dios y la raza humana.

Ya sea que vea en la muerte de Jesús una victoria sobre el mundo planeada por Dios el Padre; o, la reconciliación y la unión de la raza humana con Dios a través de la gracia, está viendo el evento de la muerte de Jesús a través de los ojos de la fe. Esta fe nos viene en el Bautismo y se fortalece o se debilita a medida que invierte nuestra vida en la realidad de Jesús en hechos como la oración, el ayuno, la limosna y la aceptación de las cruces que nuestra propia vida nos entrega con fe, esperanza y amor. Dios nos ha dado la gracia de ver la muerte de Jesús como salvífica, pero no nos obliga a desarrollar esa gracia. Que deja nuestra libertad y nuestro deseo de ser renovados al nacer de nuevo como hijos de Dios, como dice Juan en su Evangelio: “Pero a los que lo aceptaron, les dio poder para convertirse en hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no nacieron por generación natural ni por elección humana ni por decisión de un hombre sino de Dios ”(Jn 1, 12).

Oración
Señor Jesús, para merecer nuestro regreso a la comunión con Dios, nuestro Padre, aceptaste ser vaciado por nuestro bien en tu Encarnación y nuevamente en tu Crucifixión. Concédanos, te pedimos, que nosotros también podamos aceptar esas cruces de nuestro auto-vaciamiento en imitación de ti y para participar en la vida divina que mereciste por nosotros. Te lo pedimos en tu nombre. Amén.

Adaptado de A Lenten Journey with Jesus and St. John of the Cross por el P. George Mangiaracina O.C.D.

Compartir

Suscríbete a nuestro boletín de noticias