Sábado Santo

abril 20, 2019 |

Evangelio
Pasado el sábado, al aclarar el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a visitar el sepulcro. De repente se produjo un violento temblor: el Ángel del Señor bajó del cielo, se dirigió al sepulcro, hizo rodar la piedra de la entrada y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y sus ropas blancas como la nieve. Al ver al Ángel, los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos. El Ángel dijo a las mujeres: “Ustedes no tienen por qué temer. Yo sé que buscan a Jesús, que fue crucificado. ” No está aquí, pues ha resucitado, tal como lo había anunciado. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto, pero vuelvan en seguida y digan a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y ya se les adelanta camino a Galilea. Allí lo verán ustedes. Con esto ya se lo dije todo.” Ellas se fueron al instante del sepulcro, con temor, pero con una alegría inmensa a la vez, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En eso Jesús les salió al encuentro en el camino y les dijo: “Paz a ustedes.” Las mujeres se acercaron, se abrazaron a sus pies y lo adoraron. Jesús les dijo: “No tengan miedo. Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán.”
Mateo 28, 1-10

San Juan de la Cruz
Aquí, Juan de la Cruz escribe sobre la resurrección en el contexto de la creación.

“Según dice san Pablo (Heb. 1, 3), el Hijo de Dios es resplandor de su gloria y figura de su sustancia.Es, pues, de saber que con sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles el ser natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales, haciéndolas acabadas y perfectas, según dice en el Génesis (Gn. 1, 31) por estas palabras: Miró Dios todas las cosas que había hecho, y eran mucho buenas. El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo.

“Y no solamente les comunicó el ser y gracias naturales mirándolas, como habemos dicho, mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios, y, por consiguiente, a todas las criaturas en él, por haberse unido con la naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual dijo el mismo Hijo de Dios (Jn. 12, 32): Si ego exaltatus a terra fuero, omnia traham ad me ipsum, esto es: Si yo fuere ensalzado de la tierra, levantaré a mí todas las cosas. Y así, en este levantamiento de la Encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad.” (C 5.4).

Reflexión
La lectura del Evangelio de esta Vigilia registra la resurrección de Jesús cuando fue entregada a Mateo. Para Mateo, la resurrección de Jesús es el cumplimiento de lo que Jesús prometió anteriormente. Ahora le correspondía a sus seguidores regresar a Galilea y verlo allí.

Para Juan de la Cruz, la resurrección no fue meramente una resucitación del cuerpo humano de Jesús, sino parte de la obra de Dios para beatificar a la raza humana como lo hizo cuando lo creó.

Si hemos sido así bendecidos, nos corresponde recordar esta gran obra de Dios porque es más fácil vernos a nosotros mismos como vestidos en cualquier cosa que no sea la belleza y la dignidad; y sin embargo, esto fue lo que Jesús anticipó cuando lavó los pies de sus discípulos. Él los restauró a su limpieza original e idoneidad para la comunión con Dios. Jesús es el modelo de cómo se ve la comunión con Dios. Como dice Juan en su Evangelio: nadie ha visto a Dios sino el nacido de Dios Jesucristo. Durante la temporada de Cuaresma, vimos a Jesús en ayunas (el primer domingo de Cuaresma); en el acto de trabajo caritativo de curación y cuidado de los pobres (el trabajo de la limosna) y en la oración (su agonía en el jardín). Estamos invitados a hacer lo mismo, pero ahora a la luz de haber estado completamente vestidos con la belleza y la dignidad de la resurrección de Jesús.

Oración
Señor Dios, a través de la muerte de tu Hijo, destruiste el poder de la muerte sobre nosotros; y con su Resurrección restauraste la belleza y la dignidad con que nos creaste. Concédanos, te pedimos, que podamos abrazar nuestras propias cruces con el mismo amor que tu Hijo abrazó su cruz para nuestra salvación y vivir en confianza de nuestra transformación en tu belleza con la misma fortaleza que tu Hijo te dio testimonio. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu hijo. Amén.

Adaptado de A Lenten Journey with Jesus and St. John of the Cross por el P. George Mangiaracina O.C.D.

Compartir

Suscríbete a nuestro boletín de noticias