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Vida Comunitaria
Enrique Varela

A siete años de haber entrado a la Orden, no puedo creer que lo que más me daba miedo en la vida religiosa era la idea de tener que vivir en comunidad con gente que ni conocía. Ahora me parece increible porque ha sido muy enriquecedor compartir mi vida con otros cristianos que han venido buscando los mismos ideales de vida, oración y servicio que yo también andaba buscando.

Dicen las Constituciones que la vida en comunida es un elemento fundamental en nuestra identidad como Hermanos de Santa María del Monte Carmelo (c. III.29). Es viviendo en comunidad como encarnamos a Cristo quien es modelo y fuente del amor desinteresado con que nos amó el Padre. Este amor tirnitario se hace patente cuando entre hermanos nos abrimos al diálogo sincero, nos damos cuenta de nuestras faltas, nos perdonamos y mutuamento nos ayudamos a segruir caminando hacia la perfecta imitación de Cristo en nuestra vida personal y también de servicio.

Nuestra Regla nos llama a ser esencialmente “hermanos” porque nos recuerda que las relaciones interpersonales dentro de la comunidad carmelita necesitan ser cultivadas siguiendo el ejemplo de las primeras comunidades en Jerusalém, quienes “acudían a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones . . . tenían un sólo corazón y una sóla alma” (Hechos 2:42-46; 4:4:32). De los 24 capítulos que contiene la Regla, siete son dedicados a la vida fraterna en comunidad (un 34%) porque creo, como carmelita, que la vida en común es una extensión de lo que cada día celebramos en la Eucaristía en donde nadie tiene privilegios ni distinciones y en donde uno es responsables del bienestar psicológico, espiritual y material del otro y viceversa.

Con toda sinceridad puedo decir que nada ha sido más enriquecedor que tener que orar todos los días con hombres que comparten las mismas esperanza en Cristo que yo; o tener que hacer ministerio junto con hombres que comparten los mismos deseos de hacer presente el reino de Dios entre los más necesitados; o tener que compartir mi pan y mi tiempo con hombres con quienes he compartido mis gozos, mis penas y que han estado presente para apoyarme cuando lo he necesitado.

Lo que más me daba miedo de la vida religiosa ha sido lo que más me ha hecho cristiano, humano y generoso. Estoy convencido que todas las luchas y tribulaciones que mis hermanos y yo hemos encontrado en nuestro caminar hacia Cristo han sido compartidas por todos los miembros de mi comunidad.


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