Y yo, ¿qué hago aquí?

octubre 31, 2014 |

en casa san jose 2014_recargado
Por: Antares Iván Gómez Soto
Fue el primer pensamiento al despertar: ¿Es en serio?, ¿tengo el valor necesario para estar aquí después de la euforia y el entusiasmo de los primeros días?… ¡¿esto?!, ¡¿ahora?! No había otra opción: seguir adelante con el día (sintiera lo que estoy sintiendo).

Vinieron laudes, meditación y desayuno… ¡y nada!. Seguí allí, sin gritarme, ni obsesionarme, sólo insistentemente sutil. Y a caminar, no solo para llegar a, sino caminar para ponerlo todo en movimiento… caminar, como una peculiar terapia que pueda ayudar.

El día seguía comenzando. Ya en la universidad, el contacto con mis compañeros de clase fue relajante y a la vez un buen distractor (o eso creía). Escuchar y ser escuchado, hablar, observar. Darme cuenta al final de clases que: una palabra, un chiste o una opinión hicieron la diferencia, ayudaron a alguien. Nada mal, pero aún no había terminado la jornada.

Llegar a casa y seguir con las ocupaciones: un poco de tarea, labor en la casa, vísperas, eucaristía… esto estaba empezando a perder sentido demasiado pronto. Después llegó el momento de sentarnos a la mesa para comer todos juntos. Para nadie es algo nuevo saber que, cada comida en familia es siempre distinta, ¡pero estas comidas en el Carmelo, son toda una celebración! Y compartir no solo el pan de cada día, sino también las alegrías, las preocupaciones, las dudas y las anécdotas. Las de adentro y las de afuera, las propias y las ajenas. Labriegos que vienen al final de la jornada, trayendo la cosecha del día. Donde las voces vienen y van, montadas sobre las risas, o caminando unos cortos pasos de frente, o buscando ansiosamente compartir algo a la derecha o a la izquierda también.

Llegar a un lugar donde no me siento extraño, donde no hago sentir extraño… ¡dónde a nadie se le hace sentir como a extraño!, como otra Betania al lado del Rabí.

“Roma no se hizo en un día”, y quizá no logre cambiar el mundo de una buena vez. Pero al llegar la noche, sentado a la orilla de la cama antes de dormir, ella, mi duda matutina, se acerca mansa y dulce a mis pies, a bendecirme con la respuesta que sólo puede venir de aquél que es “la verdad y la vida”.

Por el día de hoy pude ser la diferencia en la vida de algunos, pude contemplar en las pequeñas cosas del diario vivir que no hacen falta motivos muy complejos, ni extremos. Por hoy, aunque sea sólo por hoy, sé lo que hago aquí.

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