Octava Estación:
En el Lago de Galilea

abril 21, 2016 |

Resurrección8

Después Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos.
Les dice Simón Pedro:
—Voy a pescar.
Le responden:
—Nosotros también vamos.
Salieron, y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada. Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús.
Les dice Jesús:
—Muchachos, ¿tienen algo de comer?
Ellos contestaron:
—No.
Les dijo:
—Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.
Tiraron la red y era tanta la abundancia de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo predilecto de Jesús dice a Pedro:
—Es el Señor.

Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, porque no estaban lejos de la orilla, apenas unos cien metros.
Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan.
Les dice Jesús:
—Traigan algo de lo que acaban de pescar.
Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió.
Les dice Jesús:
—Vengan a comer.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos.

Jesús no deja de sorprender a sus discípulos. Esa generosidad, esa hospitalidad con la que los llama es también un gesto que se extiende a todos nosotros. Me llama a vivir en la abundancia sin perder el rastro de lo cotidiano. ¿Estoy dispuesto a dejar mis inseguridades para continuar?

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