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febrero 1, 2016 |

Misericordia1
Por Lalo Jaimes, O.Carm.

“Barriga llena corazón contento”. Esta expresión es muy conocida por todos y tiene en sí una gran verdad: el comer bien y sentirnos satisfechos nos alegra el corazón. Entonces las palabras de Jesús tienen sentido: “recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer…” Mt 25, 34-35. Es por medio de esta Obra de Misericordia que Dios quiere hacer feliz a otros y quiere usarnos a nosotros como sus instrumentos. En el mundo existen alrededor de 870 millones de personas que sufren hambre y no debemos ser sordos a estos datos, hoy más que nunca Jesús nos dice: denles ustedes de comer. No es necesario ir a África para darnos cuenta de esta realidad. En nuestras mismas ciudades o incluso en nuestros barrios hay personas que no tienen una comida digna en sus mesas.

Dar de comer al hambriento implica compartir y compartir implica salir de uno mismo. En un mundo tan individualista como el nuestro es muy difícil practicar esta Obra, pero ahí tenemos la oportunidad de ser diferentes. Recuerda siempre que Dios es testigo de lo que estás haciendo, no los seres humanos. Darle de comer al que tiene hambre es un gesto sencillo, solidario pero sobre todo justo, donde lo importante no es mi caridad sino la necesidad del otro. Es a Jesús a quien le damos de comer por lo tanto el otro es el protagonista, no yo. ¿Realmente creemos esto? En realidad estamos alimentando a un Rey: Jesús. ¿Cómo prepararíamos la mesa para recibir a Jesús? Cualquiera usaría los manteles, la vajilla más elegante y serviría el platillo más suculento. Por esto, cuando compartamos algo con el hambriento hay que entregarlo respetuosamente, no aventando las cosas, hay que hacerlo bien. Esta acción más que satisfacer una necesidad, proporciona dignidad.

Tal vez no tengamos mucho para compartir, pero la cantidad no es lo importante. Un muchacho tenía sólo 5 panes y dos peces y no se los quedó para saciar su propia hambre, sino que los puso en común, para que todos pudieran alimentarse. Fue su gesto de generosidad lo que sació aquella multitud de la que nos habla en evangelio. Algunas veces nosotros mentimos con tal de no compartir. Este joven no tenía mucho, sólo 5 panes y dos peces que quizá no era ni suficientes para su familia, pudo haber mentido y comerlo con los suyos, pero no lo hizo así. Jesús pudo despedir a esa gente con la barriga llena y el corazón contento gracias a un joven que tenía poco.

Jesús quiere hacer obras grandes por medio de nuestras manos. ¡Dejémosle trabajar!

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